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10 de Agosto de 2016

José Santos Ossa (1827-1878)

Como un hombre esforzado, perseverante, aventurero y sin temores para desarrollar la exploración minera en sitios recónditos, es recordado José Santos Ossa (1827-1878). Con valentía, se internaba en el desierto, a menudo hostil y de donde algunos no regresaban con vida.

Nació en el puerto de Huasco, pero a corta edad quedó huérfano de sus padres Nicolás Ossa y Antonia Vega, por lo que vivió en hogares de familias vinculadas con la transacción de minerales.

A los 12 años fue acogido por la familia Walker, dueña del establecimiento de compra y fundición de metales Sociedad Minera Sewell y Patrickson en Vallenar, donde dio inicio a sus primeros estudios de química, mineralogía, contabilidad e inglés.

En paralelo, también demostró gran afición por la lectura. Fue especial admirador de las historias del cateador Diego de Almeida en la zona de Chañarcillo, las que motivaron su afán por comenzar, con sólo 16 años, una vida de aventuras por el desierto en busca de oro.

Recorrió la costa de Copiapó, viviendo de la pesca por corto tiempo. Llegó hasta Iquique tratando de probar suerte, pero terminó como cocinero en una oficina salitrera de propietarios ingleses.

De vuelta en Vallenar, retomó su aprendizaje desempeñándose en la mencionada fundición. Allí conoció a Agustín Edwards Ossandón que se dedicaba al comercio de mercaderías, compra de metales y habilitación de minas.

Completó su formación con su tío abuelo Ignacio Ossa Mercado cuando se trasladó a trabajar con él a Copiapó, donde se perfeccionó en las artes mineralógicas. Sin embargo, su inquieto espíritu le impedía permanecer en un mismo lugar, y siendo bastante joven, desarrolló un marcado interés por hacer negocios.

Hombre de negocios

En 1845, y a partir de un préstamo económico solicitado a su amigo Agustín Edwards, se estableció en el entonces puerto boliviano de Cobija, que experimentaba cierto auge económico, donde decidió organizar sus empresas y formar un hogar.

Allí trabajó en la compra de mineral para fundiciones de Copiapó y Vallenar, así como transportó maderas, cereales, vinos y frutos secos desde el sur hacia Cobija, e instaló una máquina destiladora de agua de mar para el consumo de la población. De hecho, se dice que con su quehacer, él contribuyó a fomentar el trabajo en las minas y mejoró la vida de Cobija.

En 1863 fue nombrado Cónsul ad honorem de Chile en ese territorio boliviano, mientras se empeñaba por hallar yacimientos de plata con miras a reunir capital.

Tras el salitre

En 1866 realizó nuevas expediciones en busca de nitrato cerca de Antofagasta. Se le atribuye que dio este nombre a la caleta de La Chimba, antecesora de dicha ciudad. Encontró el recurso en salares aledaños, obteniendo concesiones del gobierno boliviano. De hecho, ese año formó la “Sociedad Exploradora del Desierto de Atacama” con el ingeniero Francisco Puelma, que detonó la “fiebre” por disputar el salitre local. Y por ende, aquella larga relación comercial previa con Edwards Ossandón fructificó especialmente con la creación de la Compañía de Salitres de Antofagasta.

En 1873 propuso al Gobierno la construcción de un ferrocarril entre Caracoles y Tres Puntas. También halló más minas de oro, plata y cobre. Así se convirtió en uno de los hombres más adinerados de América.

En 1875 emprendió su última aventura al explorar islas de ultramar que probablemente contenían guano, reconociendo “San Félix” y “San Ambrosio”. Pero contrajo una fuerte pulmonía que se agravó, por lo que falleció durante el viaje de regreso en 1878. Uno de sus hijos, Alfredo, aparece entre los fundadores de Sonami en 1883.

Extracto de investigación de María Celia Baros, Licenciada en Historia.

 

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